Siempre he odiado las despedidas. Así como los velorios, los hospitales, las graduaciones, los últimos días de clase, cualquier cosa que implique un final…Bien podría ser una profunda aversión a romper con una rutina establecida o el culto a aquella frase “soy un animal de costumbre”.
Lo cierto es que ayer me tocó despedirme de mi carro. Y no es porque haya sido El CARRO, aunque, sí, lo fue. La obsesión de tenerlo, el esfuerzo de haberlo comprado, el buscar plata por aqui y por allá, el crédito, las idas a la playa, las veces que conduje borracha luego de una rumba, el choque, las idas a la Colonia Tovar, la agonía de estar sin carro por alguna reparación, el PODER de llegar a todos lados sin esperar una cola (un aventón)…el primero.
El que mi hermano menor haya podido hacerlo antes que yo…el comprarmelo yo porque eso de cumplir la mayoría de edad y encontrar las llaves en la torta de los 18 jamás iba a ocurrirme…tantoooo significaba mi carro.
Jamás hice el amor dentro del corsita. A lo sumo me di unos buenos besos. Nunca dormi dentro de él, le hablaba, lo besaba, a veces le decía lo maravilloso que era tenerlo, sobre todo cuando veia a alguien más creído que yo pasando penurias por no tener un carro. Aunque sea algo material y yo no sea muy apegada a las cosas, dejarlo ayer en manos de mi hermano y su esposa fue encarar el comienzo de mi partida.
Tenerlo por casi dos años y llegar a un increible kilometraje de 22 mil fue una hazaña que contaba con orgullo…
Nuevamente y por segunda vez en mi vida decidí irme del país. Una puerta abierta en otro lugar y la posibilidad de un mejor trabajo, a estas alturas=un negocio propio. Al menos es lo que espero. Hace 13 o 14 años, ya no recuerdo, tomé la misma decisión. LA MISMA.
Ya tengo 10 años aquí, de regreso…Hoy sentada frente a mi computadora, en la casa de mi madre, veo el centro de la ciudad…con dolor contemplo una Caracas que no siento mia, me siento una extranjera más. A veces creo que nunca volví…a veces siento estar pisando un país que desconozco. Gracias a Dios esa misma ventana me deja ver el Avila.
Anoche después de entregar las llaves me moría del miedo. Lloré y lloré mucho. Lo vivido es como una marca…un estigma…nadie quiere repetir una historia dolorosa.
Sobre todo porque ya no soy la misma niña que sin cumplir los 18 años se fue de aventura y regresó una mujer lesbiana y con el corazón roto.